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Juntos podemos superar el reto medioambiental de la IA

Hacemos una pregunta a ChatGPT, programamos una página web con Claude, mejoramos las fotografías del fin de semana con Nano Banana o doblamos un vídeo con ElevenLabs. Vivimos en una época en la que las herramientas de inteligencia artificial nos permiten hacer cosas que hace apenas cuatro años nos habrían parecido impensables. Tenemos a nuestro alcance conocimientos y posibilidades que hasta hace poco estaban reservados a unos pocos especialistas.

Pero toda esta tecnología necesita algo más que una buena conexión a internet.

Detrás de cada una de estas acciones hay una infraestructura física que consume electricidad, necesita sistemas de refrigeración y utiliza recursos naturales para funcionar. La inteligencia artificial también tiene una huella ambiental, aunque no la veamos cuando hacemos clic en la pantalla.

En este contexto, el Gobierno español prepara un real decreto para reducir el impacto ambiental de los centros de datos, las instalaciones que hacen posible buena parte de los servicios digitales que utilizamos a diario. La propuesta plantea nuevos requisitos de eficiencia energética e hídrica y exige que al menos el 80 % del consumo eléctrico provenga de nueva generación renovable, con un seguimiento hora a hora.

Una iniciativa que abre el debate sobre cómo hacer compatible el desarrollo tecnológico con la sostenibilidad.

Inteligencia a base de agua

Los centros de datos concentran miles de servidores que procesan y almacenan información de manera ininterrumpida. Estos equipos generan mucho calor y necesitan sistemas de refrigeración para mantenerse operativos.

El agua es uno de los recursos que pueden utilizarse para conseguirlo. Algunos sistemas de refrigeración consumen cantidades importantes, una cuestión especialmente relevante en territorios donde la disponibilidad de agua ya representa un reto.

Con el crecimiento de la inteligencia artificial, también aumenta la necesidad de disponer de infraestructuras capaces de sostenerla. Y esto nos obliga a pensar no solo en todo lo que esta tecnología puede hacer por nosotros, sino también en los recursos que necesita.

La buena noticia es que ya existen alternativas para reducir su impacto. Los sistemas de refrigeración de circuito cerrado, por ejemplo, permiten reutilizar el agua y disminuir las necesidades de reposición respecto a otros sistemas. También se están desarrollando tecnologías que mejoran la eficiencia energética de los servidores.

La diferencia no está solo en cuánta tecnología desarrollamos, sino en cómo decidimos construirla y hacerla funcionar.

El debate, sin embargo, no es sencillo. El sector de los centros de datos considera que las exigencias del proyecto de decreto son difíciles de asumir y advierte de que podrían comprometer inversiones. Según sus estimaciones, habría hasta 9.000 millones de euros en proyectos potencialmente afectados.

Al mismo tiempo, el incremento de la demanda eléctrica plantea retos para el conjunto del sistema energético. Es necesario pensar cómo se reparten los recursos disponibles y qué necesidades tendremos que cubrir en el futuro.

El cambio también empieza por nosotros

Es fácil pensar que la sostenibilidad digital depende exclusivamente de las grandes empresas tecnológicas. Y, aunque son las que tienen mayor capacidad para reducir el impacto de sus infraestructuras, las personas también podemos impulsar cambios cuando actuamos conjuntamente.

Podemos empezar haciendo un uso más consciente de la inteligencia artificial, reservando las herramientas más complejas para aquellas tareas en las que realmente nos aportan valor. También podemos alargar la vida útil de nuestros dispositivos, compartir recursos digitales y apoyar iniciativas que promuevan una tecnología más eficiente.

Pero nuestro papel puede ir mucho más allá de los hábitos individuales.

Cuando los consumidores exigimos transparencia sobre el consumo energético de los servicios digitales, cuando las comunidades locales participan en las decisiones sobre las instalaciones que se construyen en su territorio o cuando las organizaciones apuestan por proveedores comprometidos con las energías renovables, estamos contribuyendo a orientar el desarrollo tecnológico hacia un modelo más sostenible.

También podemos aprovechar la propia inteligencia artificial para encontrar soluciones. Ya se está utilizando para mejorar la gestión de las redes eléctricas, optimizar el consumo de energía de los edificios o detectar fugas de agua. Son ejemplos de cómo la innovación puede ayudarnos a proteger los recursos que necesita.

La tecnología no tiene por qué avanzar al margen de las personas. Podemos participar en las decisiones que definen su futuro.

La sostenibilidad también consiste en anticiparse

Durante años hemos asociado el progreso tecnológico con hacer las cosas más rápido, procesar más información y disponer de servicios cada vez más potentes. Ahora tenemos la oportunidad de añadir otra ambición: conseguir que cada avance también contribuya a cuidar nuestro entorno.

Esto requiere previsión, pero también colaboración.

Las administraciones pueden establecer criterios ambientales, las empresas pueden desarrollar infraestructuras más eficientes y la ciudadanía puede impulsar una demanda más responsable y participar en las decisiones que afectan a su territorio. Ninguno de estos esfuerzos sustituye a los demás, pero juntos pueden tener un impacto mucho mayor.

En Previsora General entendemos la previsión como una forma de prepararnos para los retos que pueden llegar. Tanto en la gestión de los recursos como en el cuidado de las personas, anticiparse implica identificar necesidades, compartir responsabilidades y trabajar para construir un futuro mejor.

La inteligencia artificial seguirá transformando nuestra manera de vivir y trabajar. Y tenemos la oportunidad de participar en esta transformación, haciendo que sea cada vez más eficiente, accesible y respetuosa con el medio ambiente.

El futuro de la tecnología no está escrito. También dependerá de las decisiones que seamos capaces de tomar juntos.

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